Medicina filostriana
Los buenos tiempos siempre se acaban, o eso me decÃa un pastor anglosajón acostumbrado a beneficiarse a sus ovejas. Durante mis inicios como camionera sideral descubrà que no es oro todo lo que reluce, ni todo lo light sabe a light.
Mi sueño era comprarme un camión propio, de estos con faros tintados de malva y el salpicadero rosa palo, pero las resonancias forlayanas de los átomos monetarios (especialmente las de mi cuenta bancaria), me hacÃan ver que serÃa una tarea harto difÃcil. Mi hemisferio cerebral derecho entró en discusión con el izquierdo y evaluaron juntos las posibles soluciones de una manera cuasifilostrópica. Llegaron a la conclusión de que tenÃa dos opciones claras: dedicarme a la medicina o al atraco a mano armada. Como entrar en la SGAE era bastante jodido, decidà que la mejor opción era ser médico.
Mi entrada en la Universidad Forlay fue deliciosamente estrambótica. AsistÃa a clases de manera irregular, sacando mi portátil Mac rosa chicle con forma de nube y tomando las anotaciones más relevantes que podÃa: la forma ovoide centrifucolar de la cabeza del profesor, los folios permanganúsicos de mi compañera de mesa, el vuelo danzante y temerario del moscardón agiliflautado que seguÃa los movimientos de la tiza en la pizarra… Al llegar la época de los exámenes, todos mis compañeros me pidieron los apuntes, pero me negué en redondo a prestárselos: obviamente, la culpa era suya por no haber prestado atención a nada más que a las palabras del insoportable y soberbio catedrático.
Ni que decir tiene que los exámenes los preparé con libros.
Como era una alumna misteriosamente aventajada (cosas de la foca, supongo), terminé la carrera en tres años en lugar de seis y me dediqué a hacer prácticas y doctorado al mismo tiempo. Me especialicé en cardiopatÃas pseudofrustulares y forlerayismos crónicos, cosa que a priori parece poco frecuente, pero no lo es. Mientras suturaba corazones afrustulados, mi mente viajaba cual caminante galáctico hasta mi amado camión, que me esperaba tranquilamente en el concesionario.
Al fin, llegó el dÃa en el que compré el camión. Un hermoso dÃa de diciembre, soleado y lluvioso, con un arcoiris cuanti-resonante que mostraba 18 colores en lugar de los 7 habituales. Tal era mi felicidad, que lo primero que hice fue mostrárselo a mis colegas del Hospital ClÃnico Forlayensis, atropellándolos a todos para salvarles la vida ipso facto con mis conocimientos en la materia. Nunca entendà por qué me expulsaron del Colegio de Medicina, pero a partir de ese dÃa me dediqué a conducir mi camión por todas las cuantoautopistas.
Forlayado por Xiana |filostrado en Filostros | 3 Comentarios
